2015
Visigodos y Baturros
Hace unos días estuve visitando las tierras de Amaya Salazar, ya sabéis, el personaje principal de la escritora de moda Dolores Redondo (El guardián invisible), en el precioso valle del Baztán. Recorriendo esos paisajes de ensueño tuve ocasión de escuchar hablar a muchas personas en su lengua de infancia, el euskera o vasco, idioma que, contrariamente a lo que creen algunos, no se originó en Vizcaya (Bilbao lo fundó un noble castellano, Diego Lopez de Haro), ni siquiera en el litoral de Guipúzcoa, sino en las montañas de Navarra, al norte de Pamplona, de donde parece ser originario el pueblo vascón.
Se dice incluso que no fueron las tropas moras las que asaltaron al ejército de Carlomagno en su vuelta a Francia después de haber asediado sin resultado Zaragoza y posteriormente arrasado las murallas y la ciudad de Pamplona, dando lugar al famoso cuaderno poético La Chanson de Roland (el Cantar de Roldàn). Multitud de historiadores modernos se inclinan más bien por pensar que el asalto lo llevaron a cabo pastores-guerreros vascones que aguardaban la vuelta de las tropas de Carlomagno ya sea, con motivo de haber sufrido en su camino de ida todo tipo de desmanes, ya sea como venganza por haber arrasado Pamplona.
Y es precisamente en esas montañas donde me encontraba plácidamente sorbiendo un aromático pacharán, tras meterme entre pecho y espalda un bacalao en ajoarriero de concurso, cuando me vinieron a la cabeza las andanzas, hace la friolera de doce siglos, de la estirpe de los Banu-Qasi (literalmente, hijos de Casio), herederos del desaparecido imperio visigodo en Hispania que con la llegada de los musulmanes se convirtieron al Islam a partir del siglo VIII para continuar gobernando sus tierras en gran parte del valle del Ebro. Y después de convertidos a la fe del Profeta continuaron cómodamente sus gobiernos sobre casi todo el valle (Tudela, Arnedo, Tauste, parte de la Rioja, etc.), nada menos que durante más de tres siglos.
Muy diferente fue el caso de sus tíos y primos navarros (eran también de la estirpe de Casio) cuyos reyes se mantuvieron en el cristianismo a pesar de la presión musulmana, bien es cierto que contaban precisamente con las montañas del norte de Pamplona para huir cuando era necesario de las acometidas bereberes (o en su caso las de las tropas carolingias).
Y claro, todo este devenir turbulento de ideas en mi cabeza acabó por conducirme a..., no sé adónde, porque el delicioso licor destilado de pacharán comenzaba a ejercer su efecto sedante.
Sí que es cierto que, antes de caer en brazos del dios griego que dio nombre a la conocida banda musical, me vinieron a la memoria algunas actuaciones históricas en nuestra tierra que guardan relación con toda esa historia de los Banu Qasi. Cuando eramos niños, estudiamos en el colegio distintos aspectos de los famosos Sitios o asedios de Zaragoza de 1808 por parte del ejército napoleónico. Allí, destacaron por su valor y determinación una pléyade de heroínas en defensa de la ciudad. Pero al menos yo, hasta que empecé a leer libros de historia por mi cuenta, con más de dieciocho años, no conocí que, en realidad, los franceses la asediaron en dos ocasiones hasta su caída (verano e invierno de 1.808): en el colegio no se cansaban de hablarnos de las heroínas y su abnegación y debieron pasar de puntillas acerca de que los franceses terminaron arrasando y entrando en Zaragoza con la obligada capitulación de la ciudad por las consecuencias terribles del segundo sitio, llegando a desaparecer nada menos que cuatro quintas partes de sus 55.000 habitantes.
Durante toda mi infancia había creído, por culpa del mito de las heroínas batallando al pie de las murallas de la ciudad, que los franceses no habían conseguido traspasar las puertas y que sus habitantes habían sobrevivido en su mayoría.
Nada más lejos de la realidad.
Qué diferente había resultado, más de mil años antes, el comportamiento de nuestros ancestros godo-musulmanes los Banu-Qasi, que supieron adaptarse a lo inevitable con cierta habilidad y visión de futuro y continuar su existencia sin demasiados contratiempos ni derramamiento de sangre.
Parece evidente que debemos continuar aprendiendo de la Historia. Cuando arrecia el vendaval, quizás deberíamos plantearnos la posibilidad de aguardar a que escampe y no, como tradicionalmente solemos hacer, darnos de cabeza contra el muro hasta abrirnos la crisma.
A lo peor es que forma parte de nuestros genes...


Muy bien, pero prefiero otros temas...
ResponderEliminar