Hace unos años tuve la oportunidad de viajar a Cuba y no lo dudé:
Cumpliendo el tópico quería visitar la isla antes de que desapareciera todo su
sabor auténtico.
No tengo demasiado claro si los actuales habitantes de la isla de
Cuba tienen conciencia de habitar en una de las primeras islas pisadas por los
colonizadores españoles en busca de sus riquezas o tan solo piensan por contra
que el auténtico "tesoro" viene de la mano de la multitud de
turistas que la visitan cada año.
Porque para algunos habitantes de la isla, como todos los europeos
les parecemos ricos, el verdadero "tesoro" lo constituyen esos turistas que
para sus empobrecidos ojos gozan de una sana economía que nos
permite comprar y comer lo que queremos, lo cual, crisis aparte, no deja de ser
en comparación bastante cierto
Cuando uno aterriza en Cuba lo primero que nota, además de ese
calor húmedo, casi tropical sin estar realmente en el trópico, es que
muchos te consideran un oscuro objeto de deseo, es decir, alguien que no sólo
puede sino que debe ser debidamente estrujado para sacarle todo el potencial
económico que atesoras.
Para una parte significativa de la población el turista no
es una persona, sino un pomelo a exprimir, un cheque en blanco del que sólo
hace falta conseguir que firmes, cueste lo que cueste.
En función de quién sea el personaje que intenta estrujarte, los
medios a emplear varían: si es una mujer utilizará todas las armas propias de
la sensualidad caribeña; si es un hombre apelará a lo más profundo de tus
entrañas para conseguir que te conmuevas y realices el donativo más alto
posible a su particular "O.N.G.",
o sea, a él mismo.
Es verdad que como comentaba un amigo mío ya fallecido, después de
haberla visitado, los cubanos son "gente
muy amigable" y antes de
que te des cuenta ya están conversando contigo como si te conocieran de toda la
vida mientras, eso sí, les invitas a una o varias cervezas y, por qué no, a
algún paquete de cigarrillos.
Si tu primer contacto con la isla es a través de Santiago de Cuba,
es allí mismo donde empieza la permanente procesión de pedigüeños qué va a
acompañarte durante todo tu recorrido.
Es cierto que al final lo más práctico es rodearte de uno o dos
de estos "artistas
de la supervivencia" locales
que se dedicarán, además de a gorronearte todo lo que tu vergúenza les permita,
a alejar a toda la nube de pedigüeños para quedarse contigo como si fueras una
estupenda exclusiva.
Se disfruta mucho recorriendo la isla junto a unos guías sin
título, con un chófer con carne caducado y en un destartalado vehículo de
transporte de personas ilegal, esperando evitar que te detengan las patrullas
motorizadas de policías, caballitos les llaman, que circulan por las carreteras
para obtener su propia recompensa del turista.
Resulta también reconfortante la compañía casi desinteresada de
estos guías que te permite conocer lugares y locales en los que jamás te
habrías atrevido a entrar: playas llenas de personal local que te mira aturdido
y perplejo cuando comentas que te encuentras en tus únicos días de vacaciones
de todo el año y que en contra de sus creencias, en tu armario sólo tienes un
par de vaqueros y no precisamente de marca; y también salas de música donde se
escucha y se baila el auténtico baile cubano en una pista de baile de tierra.
Igualmente te permite adquirir determinados productos exclusivos
como los habanos a precios irrisorios, aunque cuando llegues a España te des
cuenta que se trata de capas de puro rellenadas con virutas de tabaco y no de auténticas hojas de tabaco enrolladas.
Es allí en Cuba donde llegas a conocer el auténtico alcance de la
palabra racismo, cuando tu supuesto guía, intensamente negro como un personaje
de la serie Kunta Kinte, comenta que no se va a acercar a cortejar a la chica
que en un local le mira a él descaradamente porque es demasiado "prieta" para él, sinónimo de oscura de piel...
La culminación de todo este cariño postizo viene con la
tradicional invitación para ir a cenar a casa de los guías, donde si no se
quiere salir completamente esquilmado, lo mejor es tratar de evitarlo por todos
los medios.
Es en esa cena, en la que te van a cobrar lo que cocinen a cinco
veces su valor y donde te van a enseñar las pobres condiciones en las que
viven.
De todos modos, aunque evites la cena no podrás obviar la visita
diurna a su domicilio supuestamente para saludar a su familia y es allí donde
te mostrarán que en su modesta vivienda no hay baldosas sobre el cemento cuyo
polvo respiran incesantemente los niños, sus hijos, por falta de ingresos. Pero
mientras, su padre se dedica a saquear a los turistas y a gastarse todo el
dinero que obtiene no en baldosas, sino en cervezas, tabaco y mujeres.
Y cuando reparas que en el salón de su casa existe un televisor de
un tamaño del que tú no dispones en tu casa de España, te comentan que no
lo han comprado, no, sino que es un regalo de un turista muy majo de Bilbao, a
ver si así pillas la indirecta.
Por supuesto que todo ello no quita un ápice a la belleza singular
de la isla y sobre todo, a la de su capital, La Habana, que apareciendo como un
decorado de cine de una peli de los años cincuenta, está dotada de calles y
plazas con una magia singular que la hacen única en el mundo.
Es cierto que en la capital continúa el asedio de los "artistas",
pero ya prácticamente te has acostumbrado a ellos como si fueran parte del
paisaje e incluso comienzas a vislumbrar a la verdadera población que sufriendo
en silencio las carencias más extremas, siempre tiene una sonrisa en el rostro
y una palabra amable para con los forasteros.
En la capital se amplía el repertorio de los vividores que siendo
desde luego "gente muy
amigable" como decía mi
amigo, cuando llevas unos días y dejas de responder al aluvión de saludos,
llamadas y comentarios en español que te lanzan para tomar contacto contigo, te
preguntan ofendidos si es que "no
quieres hablar con negros" (sic)
y sin aun así tampoco consiguen tu respuesta, pasan rápido al inglés y te
espetan un "focking
you" sin pestañear, a
ver cómo reaccionas.
Por supuesto que en esta función social de hacer de guía sin serlo
para que conozcas mejor la isla, tampoco hay discriminación machista y puedes
observar por doquier a las mujeres que se las pintan para "guiar" a cualquier pareja de guiris a un
paladar, restaurante privado no estatal, y allí, será por nostalgia de la época
de los casinos de lujo, pedir langosta y vino de importación a costa de los
cándidos turistas.
Lo cierto es que la isla sigue siendo maravillosa a pesar de esa
cantidad ingente de elementos que tratan de parasitarte constantemente, y
encuentras multitud de rincones de ensueño hasta detrás de una cancela de un
caserón donde se celebra un evento cultural privado y al que amablemente eres
invitado a pasar o cuando tomas un aromático mojito en la terraza del “Nacional”
sentado frente al famoso malecón.
Por eso cuando llega el día de marcharte de la isla y volar a
nuestro continente, habiendo dejado todas las cosas superfluas que llevabas en
tu equipaje, no a eso supuestos guías, sino a la gente que has observado que
realmente lo necesita, aunque te quedan dudas de cuál puede ser el futuro de la
isla, a pesar de algunos cubanos, concluyes que efectivamente se trata de un “tesoro”
todavía sin explotar.