No se me ocurre un destino más recomendable para viajar, sobre todo para el que no haya estado nunca, que China.
Es cierto que cuando aterrizas allí en pleno verano las primeras veinticuatro horas se hacen bastante duras porque te encuentras inmerso en un calor muy fuerte y pegajoso, pero una vez superas eso y tu cuerpo se adapta, comienzas a grabar en tu retina imágenes imborrables.
En Shanghai (por favor, pronunciar Shhanjai), frente a una orilla del inmenso río que la baña, te aturdes con sus descomunales torres de rascacielos. Y en tu orilla, un torrente de ciclistas detenidos frente a un semáforo en rojo, cuando cambia a verde, pasan ante ti como un caudaloso río de colores.
Es decir, comienzas a descubrir que China es un país de contrastes, contraste entre el siglo XXI y los restos de un pasado ancestral casi imperceptible hoy día, pero sin que la frontera entre uno y otro territorio estén en ningún momento demasiado bien definidas.
Al poco tiempo comienzas a descubrir que cuando creías estar acostumbrado a la comida china por los restaurantes instalados en España, la comida china autóctona resulta absolutamente incomestible para nosotros, salvo los pocos trozos de pollo debidamente identificados que te puedas encontrar navegando en tu plato o también cuando acudes al restaurante de lujo y consigues probar un delicioso pato laqueado... Mientras tanto, pasas hambre y sigues adelante con tu recorrido, nutrido por otros alimentos que no aparecían en tu menú del viaje.
Es verdad que tu opinión sobre la población china que antes del viaje tampoco era demasiado positiva, cae muchos enteros cuando te das cuenta que en general no respetan nunca a nadie en una fila y si te pillan en medio de un paso te machacan a codazos y empujones..., o cuando observas que la palabra higiene tiene otro significado para ellos.
Pero todo eso no significa que no acabes valorando otras cualidades de las que que podríamos aprender, como cuando miras tu reloj y te das cuenta que no son ni las siete de la mañana y ya llevan un buen rato de pie, o cuándo observas en cualquier centro de trabajo cómo el jefe todas las mañanas se dirige a la plantilla en formación para darles cuenta de la marcha de la empresa y de cómo valora su trabajo en la empresa, terminando todos juntos con sonoros gritos de ánimo colectivos.
Conforme avanza tu viaje y profundizas un poco más en la esencia del pueblo chino, vas comprendiendo que es cierto que te encuentras en un país milenario, no tanto por los escasos vestigios que quedan de su glorioso pasado, sino por las profundas raíces que mantiene su gente, por ejemplo con su peculiar alimentación a base de ingerir tallarines de pasta a cualquier hora del día o de la de la noche, o con la devoción y respeto que intentan mantener con sus mayores, actitudes que nosotros desgraciadamente hemos perdido en unas pocas decenas de años, o por muchas otras cosas...
Continúa tu viaje por las tierras de la antigua Catay y cual Marco Polo quedas encandilado por los puestos de tejidos y ropas que proliferan por doquier y que hoy en día llevan los logotipos de marcas que creíamos de lujo en nuestro país y que allí resultan ser del montón y cuando más enfervorizado te encuentras regateando con el vendedor nativo por cantidades de dos y hasta tres dígitos, un alma caritativa te susurra al oído que éstas discutiendo a brazo partido con ese muchacho por el equivalente de veinticinco céntimos de euro...
La lección de humildad más importante de todas no te la llevas cuando todavía estás viajando por esas tierras, sino unos seis meses después de volver a casa cuando compruebas que ni la ropa que compraste como de lujo sobrevive al lavado semanal, ni el lujoso reloj "suizo" vuelve a funcionar a pesar de los cambios de pila, pero es verdad que el orgullo de haberte sentido un potentado en Oriente tiene su precio.
En todo caso, la visión más impactante de todo el recorrido la recibes cuando llegas a la ciudad de Xian y te conducen a conocer los famosos guerreros de terracota del Emperador: no hay palabras que puedan describir la impresión producida por la visión de los destacamentos imperiales debidamente formados en una inmensa nave cuyo tamaño equivale a un par de campos de fútbol. Cuando te explican que entre los miles de guerreros que allí se encuentran no se repite ni una sola cara la fascinación es absoluta.
Finalmente el viaje te conduce a la capital que aquí denominamos Pekín, pero que allí todo el mundo, posiblemente por llevarnos la contraria, denomina Beijing.
Si hasta ese momento del largo viaje todavía no te ha desaparecido misteriosamente ningún objeto ni dinero de tus maletas, tu sonrisa todavía permanecerá en tu rostro; bien al contrario de los que han sufrido esta plaga, en los que observaremos caras como de un cierto estreñimiento, aunque también es posible que sea por la constante ingesta de arroz blanco durante todo el viaje...
En la capital, aunque se encuentre allí la famosa Ciudad Prohibida, es posiblemente donde nos recorran menos sensaciones de encontrarnos ante una cultura milenaria, pero es el punto de partida para una de las visitas ineludibles y más importantes, la de la Gran Muralla China, que acaba dejándonos boquiabiertos, no tanto por su belleza que es inexistente, sino por su monumentalidad que es apabullante: Kilómetros y kilómetros de muro hasta donde alcanza la vista que suben y bajan montañas como un perfecto decorado de la China Imperial.
Cuando llega el momento, nunca deseado, de partir de vuelta a la realidad de tu país, no sólo eres consciente de lo privilegiado que has sido sido con tu recorrido, sino que te das cuenta cómo los estereotipos que se manejan en Occidente te han impedido acercarte antes a ese impresionante país y cómo su realidad supera cualquier idea preconcebida.






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